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Ayer (2)

23
nov 2009
Por rjuarezsc


¡Cuán importante es vivir hoy por la fe y recibir cada momento del día como un don de Dios, confiando en él! Entonces, ¿qué lugar tiene el pasado en el presente?



El pasado puede ser un obstáculo para su vida presente si lo embellece demasiado y fomenta así una nostalgia que le paraliza. “Nunca digas: ¿Cuál es la causa de que los tiempos pasados fueron mejores que estos?” (Ecle 7, 10). Refugiarse en el pasado le impide hacer frente a su responsabilidad actual.



Sin embargo, a veces necesitamos volver al pasado para juzgar nuestros hechos. Dios otorga su perdón a aquel que se acerca a él y le confiesa sus faltas. Si hemos recibido el perdón de Dios, no sería lógico atormentarnos por pecados pasados que ya hemos confesado al Señor, aun cuando debamos soportar ciertas consecuencias. Nuestro Dios es un Dios que perdona.



También es útil recordar el pasado para evitar repetir los mismos errores. Se ha dicho que los verdaderos hombres de progreso son quienes tienen un gran respeto por el pasado. Acordémonos de aquellos que nos dieron el ejemplo de una vida de fe con el Señor, y también de todo lo que él hizo por nosotros, sus consuelos, sus liberaciones y respuestas a nuestras oraciones. Entonces podremos vivir intensamente cada día, esperando Su retorno.

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Hoy (1)

22
nov 2009
Por rjuarezsc


Ayer, hoy, mañana: nuestra vida está estructurada en base al tiempo. Pero el presente es el único momento en que vivimos verdaderamente y que debemos utilizar según la voluntad de Dios. No podemos cambiar el pasado, y el mañana no nos pertenece.



Hoy, y no mañana, debo acercarme al Señor Jesús para escuchar su Palabra. Hoy, y no mañana, debo reconocer mis pecados y confiar en el Dios Salvador.



Jesucristo es el amo del tiempo y de la historia. Él es “el mismo ayer, y hoy, y por los siglos” (Heb 13, 8). Su amor no cambia. Aquel que ha aceptado a Jesús como su Salvador personal puede decir: ayer dio su vida para que mis pecados fuesen perdonados. Hoy me socorre y me conduce, porque es mi pastor. Mañana vendrá a buscarme para llevarme junto a él.



Un creyente escribió: “Este día es un don de Dios para ti. Si andas como a él le agrada, puedes contar con su protección. En este día Dios te confía una misión. Empieza tu jornada estando disponible para él. Es probable que alguien necesite que le eches una mano. ¿A quién vas a ayudar mediante una carta o unas palabras? Permanece junto a Jesús para que el tentador no llegue por sorpresa y te prive de las bendiciones que hoy Dios tiene reservadas para ti”.



Hoy escudriña ¡Oh Dios! Mi corazón,

en lo secreto de tu mirada pon;

todo lo malo quita en tu bondad,

concédeme hacer tu voluntad.

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Normalmente sólo se fugan de las cárceles aquellos que son condenados por delitos graves, sea porque saben que se les puede aplicar la pena de muerte o porque las condenas son demasiado largas. Nótese que el fugitivo siempre anda temeroso: esquiva las autoridades en todo tiempo usando documentos de identidad falsos y hasta cambiando de fisonomía, gracias a la cirugía plástica.



¿Cree que puede fugarse de la autoridad divina y esconderse de Su presencia? En su Palabra Dios dice que lo mismo le “son las tinieblas que la luz” (Sal 139, 12), y declara firmemente que el hombre sin Cristo está muerto en sus “delitos y pecados” (Ef 2, 1).



Supongo que quiere saber la gravedad de sus delitos, porque muchos piensan que no necesitan la salvación, pues no se sienten tan pecadores como otros. El profeta Ezequiel (Ez 7, 23) nos dice que “la tierra está llena de delitos de sangre”, y Esdras (Es 9, 6) nos dice que “nuestros delitos han crecido hasta el cielo”.



La culpa es demasiado grave, pero Cristo perdona, y si hoy usted decide recibirle por la fe en su corazón, también podrá decir: Ciertamente “tú has roto mis prisiones”. No hay otra forma de resolver el problema del pecado, pues está escrito: “Los que confían en sus bienes, y de la muchedumbre de sus riquezas se jactan, ninguno de ellos podrá en manera alguna redimir al hermano, ni dar a Dios su rescate (porque la redención de su vida es de gran precio, y no se logrará jamás)” (Sal 49, 6-8).

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Este fue uno de los titulares de la prensa del mes de junio de 2001 con motivo de la fuga masiva de reos de alta peligrosidad recluidos en un presidio con medidas de máxima seguridad llamado “El Infierno”. Se estimó que para fugarse, los reos atravesaron ocho puertas y abrieron veinticuatro cerrojos y candados.



Este hecho nos hace pensar que el hombre es capaz de escapar de las cárceles humanas a pesar de las fuertes medidas de seguridad. ¡Ah, pero el hombre sin Cristo, cualesquiera que sea su estrato social o posición económica, está en una prisión espiritual de donde jamás escapará por sí sólo! Su delito es el pecado, su pena o castigo la condenación eterna, su jefe de custodia es Satanás, los cerrojos de hierro son la incredulidad (“el dios de este siglo, Satanás, ha cegado el entendimiento de los incrédulos”, 2 Cor 4, 4), las riquezas, la fama, los vicios y demás ocupaciones en las que el enemigo lo tiene encerrado.



Creemos que usted desea ser libre de ese cautiverio espiritual. Si hoy decide escapar, clame a Jesucristo, reconozca que usted es pecador y acepte a Jesús como su único y suficiente Salvador. Sólo él puede romper la prisión de maldad donde usted está cautivo y liberarlo en el mismo instante. La Palabra de Dios lo garantiza: “Así que, si el Hijo —Jesucristo— os libertare, seréis verdaderamente libres” (Jn 8, 36).

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Deudas perdonadas

20
nov 2009
Por rjuarezsc


Se cuenta que cierta mañana un noble inglés ordenó colocar el siguiente anuncio en el pórtico de su parque y en la aldea que se hallaba en sus tierras: “A toda persona que venga a mi casa antes del mediodía con la lista completa de sus deudas, éstas le serán perdonadas”. El anuncio causó sensación. Muchos no lo creían y otros se burlaban. Cuanto más avanzaba la mañana, tanto más crecía la muchedumbre delante de la casa, pero nadie se atrevía a entrar por temor a hacer el ridículo. Hacia las once alguien se decidió a dar el paso, a pesar de ser objeto de burlas. Fue atendido por el dueño de casa, quien le entregó un recibo que lo liberaba de su deuda; luego le mandó pasar a otra habitación para que esperara a que fuese mediodía.



Fuera, los comentarios aumentaban: ¿Habrá cumplido su promesa? A mediodía el hombre salió gozoso, blandiendo su recibo. Varias personas trataron de entrar, pero ya era demasiado tarde. Esta historia nos hace pensar en la deuda que todo ser humano tiene para con su Creador: la del pecado. Somos insolventes respecto a Dios, pero él nos ofrece su perdón sin obligar a nadie. Aún hoy es el momento favorable. Pero los hombres son escépticos, incrédulos, y les cuesta honrar a Dios con su confianza, desafiando la opinión de los demás.



“He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación” (2 Cor 6, 2).

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En Oradour-sur-Glane (Francia) los visitantes pueden reflexionar en los lugares donde, en 1944, pereció la mayoría de los habitantes de esa aldea mártir de la Segunda Guerra Mundial.



Se pueden observar los relojes calcinados de las personas que murieron en el incendio de la iglesia. En cada uno de ellos las agujas todavía indican la hora en la que todas esas almas murieron de una forma tan horrible. El corazón del visitante se oprime pensando en los atroces sufrimientos que tuvieron que soportar esas desdichadas víctimas. Pero también se formula una solemne pregunta: ¿Tuvieron tiempo de prepararse para encontrar a Dios? Esos últimos minutos de indescriptible angustia. ¿serían aprovechados por muchos para volverse con fe hacia el Salvador, tal y como lo hizo aquel malhechor en la cruz? (Lc 23, 42). A él, Jesús le dio esta maravillosa respuesta: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.



¿Qué es nuestra vida? “Es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece” (Sant 4, 14). Aún hoy Dios sigue invitando a cada persona a confesar sus pecados, porque el Hijo del Hombre tiene potestad “en la tierra” para perdonar pecados (Lc 5, 24). Piense en su último mensaje: “El que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente… vengo en breve” (Ap 22, 17-20).

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Lo importante...

17
nov 2009
Por rjuarezsc


Todos entramos en este mundo de la misma manera, es decir, por el nacimiento. Jesús mismo, el Hijo de Dios, se sujetó a ello cuando, al nacer de la virgen María, tomó nuestra humanidad para salvarnos.



Pero, aparte de ese nacimiento natural, el Señor habla de un nuevo nacimiento, el del Espíritu. Al aceptar a Jesús como Salvador personal pasamos a formar parte de la familia de Dios. ¿Y qué es necesario hacer para obtener la vida eterna? Solamente aceptarla como un don gratuito que Dios otorga a todo el que se arrepiente y cree en Jesús el Salvador.



La Biblia sólo reconoce dos manera de vivir: la primera consiste en vivir para sí mismo, en vivir como uno quiera considerando su vida como un bien personal, un capital que uno puede gastar según su antojo, sin que esto importe a nadie. La segunda consiste en vivir para Jesucristo, a lo cual Dios me invita después de haber creído en él. De ahí en adelante vivo por un ser a quien amo; por consiguiente, deseo hacer Su voluntad. Jesús me amó a tal punto que murió para salvarme, por lo tanto tiene derecho a dirigir mi vida y ser el objeto de todos mis afectos.

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Contentarse

16
nov 2009
Por rjuarezsc


Un grupo de manifestantes desfilaba frente a mi ventana elevando sus pancartas. En casi todas las profesiones se ha tomado la costumbre de hacer prevalecer sus derechos en la calle. Los más favorecidos no siempre son los últimos en quejarse. No queremos juzgar la legitimidad de esas reclamaciones, pero está claro que prueban que a pesar del aumento del nivel de vida, por lo menos en Europa, todavía hay muchas personas que en realidad no están contentas con su calidad de vida. Cada uno se compara con su vecino y, en general, se estima perjudicado. Por otro lado, mucha gente piensa que la felicidad se halla en las cosas materiales: comodidad, distracciones, viajes… Y se olvida que la felicidad se halla en la vida sencilla, en el contentamiento con lo que uno tiene, en la confianza en Dios, “el cual da a todos abundantemente” (Sant 1, 5). No cabe duda de que existen pruebas, enfermedades y hay muchos pobres, sin que esto se deba a la pereza o el despilfarro de los mismos.



Pero quien escribía desde el fondo de su prisión: “He aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación”, era Pablo, ese apóstol envejecido y gastado al servicio de Jesús, su Señor. También dijo: “Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Fil 4, 11-13).

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Hablar y mostrar

15
nov 2009
Por rjuarezsc


“De la abundancia del corazón habla la boca”, dijo el Señor Jesús (Mt 12, 34). ¿Hablamos realmente de la próxima venida del Señor? Recordemos que la esperanza cristiana es una maravillosa realidad. No es un sentimiento impreciso —como, por ejemplo, cuando decimos a un enfermo: espero que mañana se sienta mejor— sino una esperanza firme y segura del retorno del Señor Jesús. Él es nuestra esperanza.



Ya en el Antiguo Testamento los creyentes esperaban al Mesías, rey de Israel. Ese Mesías prometido es Jesús, quien enviado por Dios, vino una primera vez a la tierra para cumplir la obra de la salvación de los seres humanos. Después de haber muerto, resucitado y haber sido elevado en gloria al cielo, Jesús volverá en dos fases distintas: en la primera arrebatará a todos los creyentes, resucitando a los muertos y transformando a los vivientes. En este rapto no será visto por el mundo. Ahora es necesario prepararse para el retorno del Señor Jesús; después será demasiado tarde. Para estar preparado, basta confiar sencillamente en su obra en la cruz. Y si estamos listos, mostrémoslo mediante un desapego más real de las cosas terrenales y un mayor interés por las de Dios. En la segunda fase volverá con todos los suyos y se parará en el monte de los Olivos a la vista del mundo entero. Juzgará a la tierra y luego establecerá su reino.

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¿Fue suerte?

14
nov 2009
Por rjuarezsc


En septiembre de 1992 un avión paquistaní se desplomó al aproximarse a Katmandu, capital de Nepal. Murieron 166 personas. Un avión europeo, en el que iban 13 viajeros que querían tomar el avión paquistaní, llegó con retraso y aterrizó cuatro horas después del accidente.



Un estudiante de 20 años comentó: —Nos habíamos quejado del retraso de nuestro avión, porque para nosotros esto significaba dos días perdidos. Pero este retraso nos salvó la vida.



Un japonés que se había sentado en el avión accidentado tuvo que bajarse porque sus documentos no estaban en regla. ¿Suerte? No, estamos persuadidos de que en la vida de los seres humanos no existe la suerte ciega. Dios, nuestro Creador, guía todos nuestros caminos. En su mano están nuestros tiempos y todo lo que nos ocurre. Él decide acerca de la vida y de la muerte.



A muchos de nosotros, ¿no nos ha sucedido que por un pelo evitamos un accidente o la misma muerte? Pero no nos aconteció nada, salimos ilesos, quedamos con vida. Puede ser que hayamos exclamado con todo nuestro ser: ¡Gracias a Dios! Y quizá por primera vez fuimos conscientes de que una mano poderosa nos protegió.



Sí, Dios interviene claramente en las circunstancias de la vida, pero no sólo desea que le agradezcamos de todo corazón, sino que le confiemos toda nuestra vida.

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El evangelio de Juan relata que el domingo de su resurrección, el Señor se presentó en Jerusalén en medio de sus discípulos, quienes se hallaban en el aposento alto, cuyas puertas estaban cerradas, y les dijo: “Paz a vosotros” (Jn 20, 19-23).



Luego, el Señor Jesús reunió con sus discípulos en Galilea, provincia despreciada por los letrados y poderosos de la época. Así él, el Mesías rechazado, crucificado y resucitado, rompió con el sistema judío y pasó a ser el centro de la reunión de los creyentes. Los once discípulos acudieron a la cita y recibieron una nueva misión y al mismo tiempo la promesa del Señor: “He aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20).



Hoy en día, el Señor sigue reuniendo a los suyos y para ello no necesita una religión basada en mandamientos, ritos y reglas. Su persona y su obra tienen un atractivo más que suficiente para cautivar y fomentar los afectos y pensamientos por las cosas celestiales. De ellos sólo espera que lo amen. Y ese amor se expresa individualmente a través de una vida que le sea verdaderamente entregada. Él es la fuente del amor entre los hermanos en Cristo, pero también es el motivo que los reúne con gozo alrededor suyo para escucharle, orarle, alabarle y adorarle.



Hijo eternal, de Dios imagen pura,

sublime amor del seno paternal;

Señor Jesús, el cielo a ti se postra.

¡Loor a tu nombre! nombre sin igual.

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Desde siempre, el hombre se ha formulado las preguntas existenciales de la vida: ¿Cuál es su destino? ¿El mundo apareció por casualidad o, por el contrario, fue creado por un poderoso Creador?



Al reflexionar en el sentido de nuestra existencia, alguien escribió: “Es como si los hombres estuviesen en un tren nocturno, adormilados al compás de la marcha. Pero, ¿saben adónde van y por qué viajan?”



Dios no necesita justificar su existencia, pero el hombre tiene necesidad de hallar un sentido a la suya. La fe en Dios, portadora de la verdadera vida y de eternas certezas, transforma al ser humano y responde a sus preguntas. Le da la oportunidad de realizarse plenamente y de hallar la fuerza y las ganas de vivir. En cambio, es imposible encontrar ejemplos de vidas positivamente transformadas por el ateísmo.



Conviene recordar que en un mundo sin referencias, muchas personas han descubierto el formidable poder de la oración. Incluso hay médicos que la recomiendan a sus pacientes. Numerosos son los que además hallaron la extraordinaria Buena Nueva contenida en el Evangelio y finalmente al único Salvador de los hombres: Jesucristo resucitado.



“Dios estaba en Cristo reconciliado consigo al mundo” (2 Cor 5, 19). Sólo él es capaz de llenar la angustiosa soledad del ser humano.

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Un depósito seguro

11
nov 2009
Por rjuarezsc


En la noche del 20 de abril de 1945, un conde enterró en el bosque de propiedad familiar, al norte de Berlín, su vajilla de plata y de porcelana. Esto ocurrió algunos días antes de que él, su madre y el personal de servicio, huyeran ante el avance del ejército rojo. Medio siglo más tarde, el conde pudo volver a encontrar su tesoro casi intacto, gracias a un croquis del lugar. En una subasta obtuvo una gran suma de dinero por su bien recuperado.



¡Qué feliz resultado para los propietarios! En cambio, muchas personas perdieron definitivamente sus bienes y tesoros: las riquezas terrenales son muy inseguras.



En el versículo del encabezamiento el apóstol Pablo habla de un depósito muy diferente que él entregó a Dios, confiando plenamente en que él lo guardaría. También está seguro de que en “aquel día” lo volverá a encontrar, ya puede alegrarse por ello.



¿Qué podía confiar a Dios un hombre como Pablo? Su vida y todo el trabajo de su vida. Él escribió estas palabras poco antes de su martirio, de modo que son muy significativas. Nadie puede subestimar semejante certeza.



Por eso nos atrevemos a preguntarle, querido lector: ¿Qué quedará de su vida cuando usted deba dejar este mundo? Los bienes y los honores terrenales no tienen valor en el más allá. Al aceptar al Señor Jesús como Salvador personal usted puede tener la seguridad de su salvación, del perdón de sus pecados. ¡Qué alegría poder partir de esta tierra con esta certeza!

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Escuchar a Dios

10
nov 2009
Por rjuarezsc


Dios sólo pide una cosa, algo muy simple: que se le escuche con fe.



El tiempo que empleamos para acercarnos a Dios y estudiar su Palabra es el tiempo mejor utilizado y el que mayor rendimiento producirá en nuestras vidas. Debemos leer la Biblia siguiendo capítulo tras capítulo y no solamente al azar. Es bueno tener un plan de lectura, un método, leer con atención, oración y humildad. En esos momentos silenciosos Dios nos habla especialmente. Si él es precioso para nuestros corazones, estaremos atentos a su Palabra.



Dios quiere bendecirle, pero usted está muy ocupado; nunca tiene tiempo. ¡No tiene tiempo para acercarse a él! ¡No tiene tiempo para escuchar su voz! ¡No tiene tiempo para alimentar su alma! ¡No tiene tiempo para recibir la gracia de Dios!



No piense que es necesario comprender todo de una vez y poder explicar todo lo que la Biblia nos dice. La Sagrada Escritura, como su autor, Dios mismo, siempre nos superará; pero el Espíritu Santo nos conducirá hacia la verdad según nuestra fe y obediencia. “Sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores” (Sant 1, 22).



Otra manera de aprovechar la lectura de la Biblia es considerar y meditar una porción en especial: copiar en un cuaderno los textos que nos hayan hablado más y repasarlos hasta memorizarlos. Buscar otras citas parecidas.

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Primero sonreí al escuchar este relato, pero después me quedé pensativo: se trataba de un hombre que quería comprar una Biblia en una librería. La vendedora, ante su computadora, no entendía bien el pedido del cliente y le preguntó: —¡La Biblia! ¿Sabe usted el nombre del autor?



Me doy cuenta de que así es; para muchos la Biblia es un libro desconocido. Sabemos que a esto se debe una parte del mal que impera en nuestros días: anarquía, inmoralidad, criminalidad creciente. Lo triste es que muchas personas, aun las inteligentes, no lo ven.



Pero en el ámbito personal, la falta de conocimientos bíblicos también se ve claramente. Muchos buscan orientación y sentido a su vida donde no se encuentra: en el arte, en religiones orientales, en la ciencia o pseudociencia (la que tiene aspecto de ciencia). Sin embargo la Biblia, el libro de los derechos de Dios, se puede obtener casi en todas las librerías. En ella el que busca halla las decisivas respuestas a las preguntas vitales.



Ese fue el caso de una joven enfermera que siempre había tenido ganas de leer la Biblia. Cierta vez vio este libro como oferta especial junto a la caja de una librería y lo compró. Cuanto más leía, más preguntas se hacía sobre cosas en las cuales nunca había pensado. Dios permitió que esta joven encontrar a alguien que le ayudó a encontrar el camino hacia Jesucristo. Hoy la Biblia es su libro más preciado.

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Los cristianos

08
nov 2009
Por rjuarezsc


El nombre de cristiano fue acuñado en la gran ciudad antigua de Antioquía, en Siria. Desde entonces las personas que han entregado su vida al Salvador Jesucristo llevan este nombre con propiedad. Así que este título no tiene nada que ver con el país en el que se vive, como algunos parecen creerlo.



Cierta vez, en Alemania, alguien dio un folleto evangélico a un hombre en el tren.



— ¿Por qué me da esto?, preguntó el viajero.



— Pensé que podía interesarle, contestó el creyente y prosiguió: —¿Puedo preguntarle si usted es cristiano? —Escuche, respondió el interpelado algo irritado, míreme bien: ¿tengo aspecto de judío o de chino? —Usted se parece y habla como un hombre de aquí, respondió el primero. —Entonces, es evidente que soy cristiano, respondió el otro.



Los verdaderos cristianos deberían ser personas en quienes se reconoce a Cristo. Pero hoy en día el título de “cristianos” no significa gran cosa. Son muchas las organizaciones que se denominan cristianas, pero apenas se conforman con algunos principios bíblicos. También hay numerosas personas que son miembros de una comunidad religiosa, y sin embargo no tienen una relación personal con Cristo.



A veces no es fácil encontrar a verdaderos seguidores de Cristo. Pero, gracias a Dios, aún existen. De hecho no basta pertenecer a una nación cristianizada o a una iglesia y cumplir ciertas formalidades. Sólo aquel que cree en Jesús como su Salvador y quiere seguirle, aquel que vive con aprobación de su Señor, tendría derecho a llevar este título precioso de cristiano. Esto es lo único que importa.

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En pleno centro de una ciudad de la Edad Media se había empezado una gran obra de construcción: se iba a edificar una catedral. Intrigado, un transeúnte que no estaba informado sobre la obra en cuestión hizo la misma pregunta a tres obreros, cada uno de los cuales estaba tallando una piedra.



— ¿Qué haces?, le preguntó al primero.

— ¡Lo que ves! Estoy tallando una piedra.

A esta pregunta el segundo respondió:

— Trabajo para alimentar a mi familia.

Pero el tercero declaró orgullosamente:

— Construyo una catedral.



Por lo que me concierne, ¿cuál es el sentido de lo que hago? ¿Es mi vida una sucesión de días que encadeno uno tras otro en busca de satisfacciones materiales? ¿está mi perspectiva limitada a sustentar a mi familia, con la esperanza de evitarle graves problemas e insuperables dificultades? ¿O entra mi vida en el plan de Dios? Ninguno de nosotros es el producto de una ciega casualidad. El Dios que ordenó minuciosamente la creación, poniendo en relación unos seres con otros, tanto los astros como los átomos, tiene un plan para cada una de nuestras vidas. ¿Responde la suya al plan divino? Para saberlo, ante todo es necesario entrar en relación con Dios. Podemos hacerlo por medio de Jesucristo, quien nos mostrará el sentido de nuestra vida, pues él desea que se desarrolle según su plan divino.

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Cristo en nosotros

06
nov 2009
Por rjuarezsc


Esto era un “misterio”, pero ahora es manifestado a los creyentes, pues Dios quiere dar a conocer las riquezas de esa revelación. En su enseñanza, Pablo luchaba según la potencia del Espíritu de Dios que obraba en él con poder, a fin de presentar perfecto en Cristo Jesús a todo hombre. Por un lado, “perfecto en Cristo”; por otro, “Cristo en vosotros”. Este es el atributo del “nuevo hombre”, renovado en conocimiento, donde “Cristo es el todo, y en todos” (Col 3, 10-11). Vivir esto por el poder del Espíritu y en comunión con el Señor es la más alta gracia concedida al creyente en la tierra. Que él “os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu; para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones” (Ef 3, 16-17). Con cuánto agradecimiento lo expresa el apóstol: “Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gál 2, 20).



Ya tuyo soy, Tú me salvaste,

Todo por gracia y don de fe;

Por Ti yo viva y Tú me bastes

Mientras aquí en el mundo esté:

Entonces sí, podré mejor

Mostrar lo que hizo tu amor.

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En Cristo

05
nov 2009
Por rjuarezsc

Antes de dejar a sus discípulos, el Señor Jesús les anunció la inminente venida del Espíritu Santo. Éste, pues, inspiró a los autores de las epístolas a escribir lo que Jesús les había anunciado cuando ellos todavía no podrían captar su sentido (JN 16, 12).


Dios nos bendijo en Cristo, nos escogió en él. No sólo perdonó nuestros delitos y nos justificó, sino que también “nos hizo aceptos en el Amado” (Ef 1, 6).



En Levítico 1 a 7, el sacrificio por el pecado tenía como finalidad el ser perdonado. El sacrificio de prosperidad o de paz conducía a la comunión con Dios. El israelita ofrecía el holocausto, sacrificio enteramente para Dios, no con el fin de ser perdonado, sino para ser “acepto” (Lev 1, 3).



“Si alguno está en Cristo, es una nueva criatura (o creación)… todo se ha hecho nuevo. Y todas las cosas son de Dios” (2 Cor 5, 17-18). Ello conduce a la conclusión de Rom 8, 1: “Ahora, pues ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús”. En Jn 15 el Señor mismo considera el lado práctico: “El que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto” (Jn 15, 5).



También hay otra bendición para el creyente: al final de su vida, duerme “en Cristo” (1 Cor 15, 18).

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“Todos los días le pido al Señor que ninguno de mis nietos esté ausente en la gran cita de los elegidos en el cielo. Cualquiera sea la desdicha que pudiera ocurrirles, nada podría ser comparado al hecho de que uno de ustedes no pertenezca al Señor Jesús.

¡Sería horroroso si uno de ustedes fuera dejado porque no posee la salvación de Dios ofrece gratuitamente! ¡Qué desesperación no ser arrebatado por el Señor Jesús el día que él venga a buscar a los creyentes para llevarlos al cielo! No hay nada más trágico que conocer la verdad y permanecer indiferente. ¡Es tan fácil acudir a Jesús, confesarle los pecados, reconocerse perdido y creer en él para poseer la vida eterna y tener la paz con Dios!

Suplico, pues, a los que aún no se han convertido: Acudan a Jesús sin tardar y recíbanle como su Salvador. No escuchen la voz que les invita a perderse en los caminos del mundo. La puerta de la gracia pronto será definitivamente cerrada. Entonces nadie podrá entrar, y los que permanezcan fuera sólo tendrán ante ellos un porvenir de desdicha durante toda la eternidad.

Os doy cita a todos en la gloriosa casa de nuestro Padre, donde Jesús preparó lugar para todos los que confían en él. Allí estaremos para siempre con él (Jn 14, 3)”.

Su abuelo

“Y las que estaban preparadas entraron con él (con Cristo) a las bodas; y se cerró la puerta” (Mt 25, 10).

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Un hombre que no hallaba salida a su vida insípida y tediosa supo, a través de unos amigos de su juventud, que Jesucristo otorga una nueva vida a aquel que lo desea verdadera y sinceramente. Esto llamó su atención. Él mismo cuenta lo siguiente:

“Una noche, en una discoteca, fui nuevamente consciente de mi problema y salí en el silencio de la obscuridad. Pensé en lo que me habían dicho de Jesucristo y, a pesar de mis dudas, oré pidiéndole que me ayudara y que le diera un sentido a mi vida. Sin embargo, todavía pasaron seis meses después de este suceso hasta que yo estuve dispuesto a reconocer ante Dios cada uno de mis defectos: mi egoísmo, cinismo, maldad, miseria espiritual, orgullo, mi propia justicia, codicia, amargura, temor… en resumen: todos mis falsos dioses.

Con esto cayó mi máscara y me hallé desnudo y humillado ante el Creador del Universo. No tenía nada bueno en mí que pudiera darle: esto es una humillación difícil de soportar.

Sin embargo, solamente esta total entrega de mi antigua vida a un Dios, hasta entonces casi desconocido, hizo que Jesucristo, quien murió por todos mis pecados en la cruz, me diera la vida eterna. Él, el Hijo resucitado del Dios viviente, me dio esa paz que yo había buscado vanamente hasta entonces. Para mí era incomprensible que yo pudiese entregar a Jesús toda mi basura y que él, a cambio, me otorgase su amor y la vida eterna”.

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La Palabra de Dios es la imperecedera simiente que germina en el corazón y da fruto para Dios bajo el efecto del Espíritu Santo. A veces tarda mucho en brotar, pero justamente en esto muestra que su poder no mengua.

Una joven indecisa en cuanto a su fe se hallaba frente a la ventana cuando se desató una tormenta. Un poderoso rayo iluminó el paisaje. Entonces ella recordó el versículo: “Porque como el relámpago que sale del oriente y se muestra hasta el occidente, así será también la venida del Hijo del Hombre” (Mt 24, 27). Esto tocó su conciencia. Empezó a reflexionar y se entregó con fe al Señor.

El siguiente ejemplo también muestra qué medios puede utilizar Dios: mientras un campesino daba de comer a su ganado, un buey le lamió el brazo, lo que le hizo pensar en el versículo 3 de Isaías 1: “El buey conoce a su dueño… Israel no entiende, mi pueblo no tiene conocimiento”. Esto le produjo una intranquilidad que no cesó hasta que halló la paz por medio de la fe en Jesucristo.

Otro hombre que se hallaba lejos de Dios llegó a la fe de la siguiente manera: Estaba cortando madera en el bosque. En el momento de levantar el hacha, el siguiente versículo habló en su conciencia: “También el hacha está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado en el fuego” (Mt 3, 10). Estas palabras tocaron su corazón y lo llevaron a Cristo, su Salvador.

¿Qué versículo recuerda el lector?

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